lunes, 11 de marzo de 2019

El alíen que arribó en México


El alíen que arribó en México
*
José Pedro Sergio Valdés Barón
El arribo
La nave de energía comenzó su desaceleración para ponerse en órbita estática por detrás del pequeño satélite, en el lado que nunca se podía ver desde el tercer planeta categoría h4 girando alrededor del sol amarillo, tipo espectral g2, ubicado en el Brazo de Orión de la galaxia Vía Láctea.
            Una vez en la órbita programada, la computadora Matrix inició el procedimiento de regresión del estado de suspensión hibernética del sujeto orgánico, tipo humanoide amorfo, llevado en sus entrañas en una cámara de hibernación. Cuando el sujeto despertó y recobró la consciencia procedió a verificar el nivel operacional de todos los sistemas de la nave, y una vez satisfecho de su funcionamiento se fusionó telepáticamente con la computadora Matrix.
—Confirmar el funcionamiento de todos los sistemas —le ordenó a la computadora.
—Confirmados y operando al 100%  —retumbó la voz metálica de la Matrix en el cerebro del alíen.
—Bien, entonces iniciemos el proceso de transformación clónica.
            Recostándose en un gran tubo de brillante metal transparente quedó suspendido, y conforme se intensificaba un deslumbrante haz de energía, la mente del alienígena se concentró en disminuir las molestias del proceso de transformación clónica, lo cual creía sería lo más incómodo en toda su misión. Una vez concluido el procedimiento, el alienígena se contempló asombrado frente a una especie de espejo virtual holográfico. Lo que miró fue un extraño ejemplar desnudo del típico humanoide aparentemente inteligente, el cual la computadora Matrix había seleccionado como el humanoide más representativo, deduciéndolo porque, a pesar de ser minoría, era quien ostentaba el poder político y económico del sitio elegido para descender en el tercer planeta de ese sistema solar primario. Lo que contemplaba el alienígena era un ser de estatura baja y un tanto regordete, con un pronunciado vientre y dos piernas flacas de color blancuzco como vientre de pez, haciéndolo ver como un perro parado de manos, dos especies de animales habitantes también de ese extraño planeta. Lo que esos humanoides definían como rostro, en la parte anterior de lo que llamaban cabeza, era ovalado; el área superior estaba cubierta por una tupida mata de negros y gruesos cabellos, con una frente angosta y cejas pobladas bajo las cuales se encontraban unos oscuros ojillos denotando cierta inteligencia, y algo más todavía no descifrado por el alienígena en ese momento; su nariz era ancha y su gran boca tenía gruesos labios, sobre los cuales se apreciaban unos ralos pelos definidos por esos humanoides como bigotes.
            Aunque el alien sabía la infinidad de variantes habidas en el aspecto de esa especie humanoide, la Matrix había escogido la apariencia prototipo del más dominante espécimen, en el lugar elegido para hacer contacto durante su misión de estudio. A pesar que la Unión Intergaláctica había hecho varias exploraciones previas en ese planeta, la más reciente tenía cinco mil años, ciento cincuenta y cinco días planetarios y tres horas cincuenta minutos de antigüedad, tiempo relativo en ese planeta; por lo tanto era lógico que los cambios sufridos en esa civilización humanoide fueran considerables. Ahora, la computadora Matrix había seleccionado como el conglomerado humano más importante, el ubicado en las coordenadas extremas 19° 03´ a 19° 36´ de latitud norte y 98° 57´ a 99° 22´ longitud oeste. Este asentamiento, definido por los humanoides como ciudad, era el más grande y poblado del planeta; por ello la Matrix discernió que era el más representativo e interesante de la civilización humanoide de ese mundo, en el tiempo relativo actual.
            Los siguientes perceps los pasó el alíen estudiando y memorizando las costumbres y el idioma verbal de la especie seleccionada, y una vez que se sintió listo para infiltrarse en su primitiva sociedad, dio la orden a la Matrix para iniciar el procedimiento de descenso al planeta. La trayectoria elíptica para ingresar en la atmosfera y la velocidad permitieron no ser detectados por la incipiente tecnología humanoide durante el descenso. Sin embargo, también se hizo patente que a pesar de su avanzada tecnología, su desarrollada inteligencia y sus avanzados conocimientos, los alienígenas no estaban exentos de cometer errores muy humanos.
            A pesar que el tamaño de la cosmonave impulsada por energía electromagnética no era muy grande, el agua sucia del lago de Chapultepec no fue lo suficiente profunda para ocultarla; obligando al alienígena y a la Matrix a modificar sus planes y descender en el lago de Tequesquitengo a varios kilómetros al sur de la ciudad elegida, ocasionando que decenas de humanoides los avistaran como un ovni, antes de sumergirse en sus oscuras aguas. Para su fortuna la mayoría de los humanos, que los avistaron acuatizar en el lago a esas altas horas de la noche, estaban hasta las chanclas de borrachos o fornicando en la playa, haciendo que algunas damas que estaban boca arriba creyeran que su viejo les estaba haciendo maravillas, y nadie les creyó haber visto un ovni acuatizando en el turístico lago de Tequesquitengo.
            En el no muy profundo fondo del lago, el alienígena le reclamó a la computadora Matrix por no haber previsto la profundidad del primer acuatizaje y por haber puesto en riesgo la misión; en tanto la Matrix se disculpaba con una serie de logaritmos, tratando de justificar el error, y explicándolo por la falta de información actualizada para decidir correctamente el lugar más adecuado para aterrizar. Una vez discutido el punto, dichos todos los improperios intergalácticos conocidos por ambos e imposibles de traducir al castellano, pero ciertamente imaginables, procedieron a la expulsión del extraterrestre fuera de la nave. Lo primero en darse cuenta el alienígena, fue que la vestimenta proporcionada por la Matrix no era de material impermeable, provocando que saliera del lago empapado y chorreando agua como pollo mojado, un animal de granja muy común. Más tarde comprendió, después de ver cómo vestían lo humanoides, que su ropa parecía tener un siglo de antigüedad, y para el colmo tuvo problemas por no llevar consigo una especie de papeles llamados pesos. Estos factores, se dijo, eran indicadores de serios fallos en la programación del aprendizaje de inducción. Por suerte, la Matrix le había provisto con unas pequeñas placas de un metal que los humanoides llamaban oro y todos lo consideraban muy valioso.


Día 1
El guardia, un botones y el recepcionista se sorprendieron al ver en el lobby del hotel a un hombre vestido ridículamente chorreando agua y a esas horas de la madrugada, pero como hasta cierto punto estaban acostumbrados a hospedar de vez en cuando a clientes raros, especialmente gringos, se concretaron en darle la bienvenida, y el recepcionista conteniendo la risa procedió a registrar al extraño personaje:
    ¡Bienvenido, señor! ¿Me podría dar su nombre?
            El alienígena se sobresaltó ante la pregunta, pero sobreponiéndose con su sobrehumana inteligencia, en tanto miraba un anuncio con la fotografía de un humanoide parecido a él con un gran texto que decía: TEQUILA SAUZA, supuso que ese era el nombre del humanoide de la fotografía, pero equivocándose al leer rápido los extraños signos usados por esos humanoides, respondió muy seguro: 
            — ¡Tequila Sosa! —de pronto se oyó por primera vez emitiendo los raros sonidos que servían para comunicarse entre esos primitivos humanos.
            A sabiendas que muchos huéspedes no daban su nombre real y otros tenían estrafalarios nombres que sus nacos padres, creyendo ser muy originales, ponían a sus indefensos vástagos, el recepcionista apenas se sorprendió.
— ¿Y cómo piensa pagar, señor Sosa?
— ¿Pagar? ¿Cómo? —preguntó confundido el alienígena.  
— ¿En efectivo, con tarjeta de crédito o débito? —le propuso el recepcionista.
            Después de un momento, el alienígena comprendió lo que le pedía el empleado del mostrador, y lo único en ocurrírsele fue mostrarle las pequeñas tablillas de oro llevadas consigo.
            Los ojos del recepcionista brillaron de codicia y controlando su excitación comprobó con su experta vista, que efectivamente las plaquitas eran oro de por lo menos 14k; en internet confirmó el precio de la onza y a ojo de buen cubero calculó el peso aproximado de cada plaquita; efectuando rápidas operaciones matemáticas determinó el precio de cada una. Concluyendo que con una pagaría sobradamente el hospedaje de una sola noche, aunque le cobraría dos para no errarle y tres extras por las molestias sufridas.
            —Bueno… Voy hacer una excepción con usted y le voy a aceptar estas tablillas. Van a ser cinco por el resto de la noche y media mañana, incluyendo el desayuno ¿Le parece bien?
            El alienígena, ahora bautizado Tequila, se encogió de hombros y permitió que el empleado tomara las cinco plaquitas de oro, aunque sospechó que había sido víctima de abuso por el encargado del mostrador del hotel Villabejar de Tequesquitengo.
            —De acuerdo, pero también debe proporcionarme una ropa más… Digamos adecuada y conseguirme transporte para la ciudad.
            — ¿Cuál ciudad: Cuautla, Cuernavaca o México? —inquirió el recepcionista, concluyendo que el señor Tequila era tan tarado como su aspecto y no se había percatado del abuso con el cual se lo tranzó.
            —A la más grande ¿Creo que es México?
            —Bueno, pero no sé si me alcance el dinero —el abusivo trabajador se atrevió a cuestionar con gran cinismo, pensando que el señor Tequila era además de raro muy pendejo, y a lo mejor podía sacarle más provecho.
            En el bufet del desayuno, Tequila se arriesgó a probar por primera vez la comida de los humanoides, provocando que más tarde le diera diarrea y en algún momento temiera irse desintegrando por el trasero, viéndose obligado a quedarse en el hotel hasta el día siguiente y por supuesto soltando dos más de las tablitas. Los alimentos le parecieron una experiencia deliciosa, la cual intentaría repetir sin importar las consecuencias. No obstante esperaba que su nuevo organismo se adaptara pronto al peligroso entorno.
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miércoles, 6 de marzo de 2019

Crónica de un vagabundo


Crónica de un vagabundo
*
José Pedro Sergio Valdés Barón

CAPITULO I

Por fin los primeros rayos de sol se asomaban por el horizonte y la temperatura comenzaba a subir lentamente. Las noches se hacían cada vez más frías conforme se agotaban los últimos días del mes de octubre, presagiando el crudo invierno que se avecinaba.
       Abrió los ojos, y después de un buen rato se atrevió deslizar la cobija de su cabeza, contemplando entre las ramas de su árbol un cielo sin nubes intensamente azul. En su mente reapareció la certeza que ese día era el de su cumpleaños. No podía recordar cuántos cumplía, pero estaba seguro que en esa fecha celebraba su natalicio. Buscó su bolsa tejida con burdo estambre de lana y el color ya indefinido, en la cual guardaba sus más preciadas pertenencias, y constató que ahí seguía el dólar que alguien le había regalado no hacía muchos días. Paladeó por anticipado el gansito, un pastelillo de chocolate que planeaba comprar para festejar su día, y con este pensamiento se dispuso a levantarse de su cama improvisada, cuando vio en el tronco del árbol que le servía como techo un corazón dibujado con gis con las letras A y P. Sabía que él lo había hecho, pero no estaba seguro del significado. Sin saber por qué, acarició el dibujo tiernamente y sintió una punzada en su corazón haciéndole retirar con rapidez la mano. Como su mente se negaba a complicarse la existencia desechó el asunto, y se levantó doblando sin cuidado la cobija vieja y sucia.
       Una vez escondida su bolsa en una cavidad que tenía el vetusto árbol, dudó por un buen rato bajar al cauce seco del río. Sentía la imperiosa necesidad de defecar, pero el dolor que le ocasionarían las almorranas al hacerlo lo detenía. El estreñimiento provocado por la escasa dieta que apenas le nutría, desde hacía varios años, le había desarrollado la molesta enfermedad.
       Finalmente no tuvo más remedio que envalentonarse, y con un pedazo de papel periódico en la mano, encontrado por el camino, se dirigió hacia unos tupidos arbustos que crecían en la ribera del río. Mientras permanecía sufriendo en cuclillas miró la otra ribera, donde su subconsciente le decía que no podía cruzar. En su mente aparecieron recuerdos cuando una vez que lo hizo, los dos guardias de la patrulla fronteriza que lo agarraron, una vez decidido que no valía la pena su arresto para deportarlo, insultándolo lo golpearon con sus macanas y lo regresaron de vuelta al otro lado del río. No sin antes haber sido sorprendidos cuando Pedro les inquirió en perfecto inglés, porqué se llevaban toda el agua del río por su canal de cemento. A partir de ese día, cada vez que veía una patrulla de la migra o al helicóptero que patrullaba sobrevolando el río, levantando en todo lo alto su brazo derecho les hacía la seña del tercer dedo.
       Al fin, pasado el tormento y después de amarrarse con un lazo el pantalón andrajoso sobre la cintura, subió por entre los arbustos de la ladera del reseco lecho y tomó el sendero que corría paralelo al río. Se topó en el camino con un viejillo que trotaba sudoroso en sentido contrario y lo saludó, a lo cual este respondió amablemente con un: «buen día». Más adelante pudo disfrutar ver dos liebres enormes, que se quedaron inmóviles cuando lo vieron. Él tampoco se movió esperando prolongar el momento lo más posible, pero el ruido lejano de un ciclista transitando por el borde artificial que limita la franja del río del lado mexicano, provocó que las liebres corrieran veloces en diferentes direcciones, para perderse entre la hierba tupida y los altos matorrales desérticos.
       Viendo el agrietado y árido lecho del río, recordó la bella imagen de patos silvestres nadando en el agua contaminada que en muy raras ocasiones fluía durante el año, en especial cuando la temporada de lluvias era abundante. Encogiéndose de hombros, pronto olvidó el asunto y se alegró de ver la gran variedad de aves que todavía poblaban la estrecha franja agreste, entre el cauce natural y el elevado borde artificial del río.
       El día comenzaba a calentar mientras seguía caminando por la vereda y contemplaba el bello paisaje, con la vegetación semidesértica aferrándose a la escasa humedad escondida bajo la árida tierra. El hambre estrujaba su estómago, pero como ya era costumbre no le hizo mucho caso; no obstante, se dirigió subiendo por la ladera empinada del borde artificial hacia la cercana tienda de abarrotes La Palmita, donde el dueño siempre le regalaba algo que comer, y ahora compraría el gansito que paladeaba por anticipado como su presente de cumpleaños.
       Cruzó el bulevar Juan Pablo ii por debajo del puente de la A. J. Bermúdez, y en la calzada del Río se topó con una señora con un niño agarrado de la mano, quien al verlo rápidamente se pasó a la otra acera de la calle. Como ya estaba acostumbrado a que la gente lo repudiara no hizo caso y siguió su camino mirando de reojo al niño regordete, quien lo observaba con curiosidad más que con miedo. No se equivocó y en la tiendita de abarrotes le sorprendieron con un burrito de chicharrón en salsa verde, con la condición establecida de alejarse del lugar para no molestar a los clientes. Aunque en esa ocasión, dándole su atesorado dólar al ayudante que con frecuencia salía atenderlo, le pidió que le vendiera un gansito.
       Feliz con el burrito, su gansito y una coca-cola en la mano que le había alcanzado comprar con el dólar se encaminó hacia la escuela primaria Benito Juárez, donde le gustaba ir para contemplar a los niños cuando llenos de alegría jugaban y correteaban en el patio de la escuela a la hora del recreo. Le alegraban el alma con su frescura, su plenitud de vida e inocencia; aunque había aprendido que no podía acercarse a ellos sin alarmar a los adultos, por lo cual se conformaba con observarlos a la distancia. Ahora, mientras los miraba, disfrutaba tranquilamente del burrito, la coca-cola, y al final, con gran ceremonia, se deleitó con el gansito que le supo a gloria.
       No sabía por qué, pero siempre le sucedía que después de un tiempo contemplando a los niños, en su mente aparecían escenas intermitentes de dos niñas que hablándole lo abrazaban y besaban, lo cual hacía que le brotaran las lágrimas y se le estrujara el corazón. Así que se puso en movimiento y regresó al bulevar Juan Pablo ii, por el cual caminó hasta detenerse frente a la estatua de bronce de don Juan de Oñate a caballo mirando hacía el país del norte, donde permaneció inmóvil durante mucho tiempo con los brazos en cruz y gran devoción. Absorto, parecía no molestarle los candentes rayos de sol, los cuales a pesar de lo avanzado del otoño todavía caían a plomo a esa hora del día. En su mente, la gallarda figura de Oñate montado en un brioso corcel y enarbolando su estandarte; con su barba puntiaguda, tupido bigote y su armadura brillando al sol, ya un tanto verdosa, le parecía la representación de un dios, a quien le agradecía con fervor el regalo de un día más de vida, la comida que acababa de disfrutar y por todas las cosas que gozaba a su alrededor.
       Más tarde, adolorido de los brazos, se dirigió a la casa de la señora bonita que siempre lo trataba amable y le regalaba algo por tirar sus bolsas de basura en un cercano contenedor. Al rato de tocar el timbre en la puerta apareció la joven mujer, quien lejos de molestarse lo premió como siempre con una amable sonrisa, y abriéndole la puerta de la reja exterior, le permitió pasar para recoger la basura que se encontraba en bolsas acumuladas en el patio trasero de la casa, diciéndole: «Ya hacía tiempo que no te aparecías por aquí». Moviendo la cabeza en señal de asentimiento, Pedro se apresuró para recoger las bolsas con la basura. Cuando hubo terminado, la señora bonita lo esperaba con un abrigo grueso y muy usado que le entregó mientras le decía: «Aunque eres más alto y bastante más delgado que mi marido, creo te servirá durante las noches heladas que ya se están sintiendo». Expresándole su agradecimiento con una sonrisa se retiró feliz y contento con su nuevo abrigo, pensando que ese había sido un día perfecto de cumpleaños. Aunque no dejó de sentir, que la señora bonita le recordaba a alguien muy amado que se escondía entre las tinieblas de su memoria.
       Cuando los últimos rayos de sol coloreaban de naranja las nubes esponjosas y alargadas, en tanto se sumergía lentamente en el horizonte oscureciendo el perfil de los cerros al occidente de la ciudad, a pesar que apenas eran poco más de la cinco de la tarde indicando que cada vez los días se hacían más cortos, Pedro llegó a la entrada del puente Santa Fe al final de la avenida Juárez. Buscaba alguna cara conocida de sus escasos amigos vagabundos, que como él buscaban el calor de su mutua compañía al comenzar a enfriar las noches a mediados del otoño y durante los crudos inviernos que en los últimos años azotaban la región.
       Al no encontrar más que recolectores de dinero para supuestas instituciones dedicadas ayudar a necesitados, mujeres Tarahumaras con sus hijos pidiendo limosna denigrándose ante la apatía e indiferencia de las autoridades y la sociedad, y vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías, comenzó a deambular por la siempre concurrida y ajetreada avenida Juárez, tal vez la más alegre de la ciudad. Ahí se podía encontrar casi de todo a lo ancho y largo de ambas aceras. Había grandes y animados centros nocturnos, prostíbulos, tiendas con artesanías variadas, casas para apuestas y de cambios, farmacias surtiendo sin receta cualquier medicamento, lo cual atraía algunos gringos para cruzar la frontera y desde luego también algún lugar donde podían conseguir droga, alcohol y prostitución.
       Para Pedro era una avenida que le asombraba, divertía y le distraía durante horas; especialmente durante las noches en que parecía cobrar vida con la gente local y los jóvenes turistas acudiendo a distenderse libremente en los tugurios, en los cuales, sin importar su edad, podían consumir de todo con la complacencia de las autoridades. Un lugar donde él sabía que podía hacerse de un poco de dinero con las limosnas. Aunque también corría el riesgo a ser arrestado y maltratado por los abusivos y corruptos policías. 
       Se detuvo frente al Noa-Noa, el reconocido centro nocturno donde se hizo famoso Alberto Aguilera Valadez, mejor conocido como Juan Gabriel, el internacional ídolo mexicano de la canción romántica. Una vez leída la placa de reconocimiento al cantante y compositor empotrada a un lado de la puerta, por un momento pensó en entrar para conocer el lugar por dentro, pero desistió hacerlo porque sabía que lo echarían a patadas de inmediato. Así continuó avanzando por la calle efervescente de actividad  y ya iluminada, hasta que sintiéndose un poco cansado decidió sentarse por un momento en la banqueta y se dispuso admirar a las bellas mujeres circulando por la acera. Disfrutó ver a las jovencitas americanas con sus minifaldas o ajustados pantalones de mezclilla insinuando sus cuerpos bien formados, a los muchachos vestidos estrafalariamente con su cabello pintado de colores y peinados grotescos, a los cholos locales con su inconfundible estilo de vestir con ropas varias tallas más grandes que ellos, y de vez en cuando una excitante prostituta en la búsqueda de un cliente confiado.   
       Sin proponérselo, varias personas le dieron unas monedas como limosna, algunas gringas, durante el tiempo en que permaneció sentado. Satisfecho y con sueño se dispuso buscar un lugar para dormir, y como arreciaba el frío estrenó el abrigo que le había regalado la señora bonita. Por el camino pasó por la parte trasera de un restaurante con supuesta comida mexicana, en realidad bastante agringada, donde encontró, entre la basura acumulada en un contenedor, unos sobrantes de pollo rostizado y algunos pedazos de pan que se fue comiendo mientras caminaba por el centro de la ciudad. Cruzó por el parquecito frente la catedral de Ciudad Juárez y más adelante el remozado monumento al Benemérito de las Américas. Cuando llegó al edificio abandonado de lo que había sido el cine Reforma, se coló por una hendidura entre el muro y la cortina de metal bien conocida por los mal vivientes. Una oscuridad total le recibió al principio, pero conforme se fue habituando a ella alcanzó distinguir el destello tímido de una fogata apenas disimulada.
       Caminando en esa dirección se encontró con dos compañeros, quienes acurrucados trataban calentarse con el fuego de la fogata. Saludándose en silencio se acomodó junto a ellos, después de acondicionar un pedazo de cartón que le serviría como cama improvisada.
«Él es capeto y yo el muñeco, y a ti te dicen el piter ¿Verdad?» dijo uno de ellos a manera de presentación. Pedro asintió tratando reconocerlos en medio de la penumbra oscilante por la luz del fuego, pero después de un momento desistió hacerlo al darse cuenta lo inútil de su esfuerzo, acertando solo a quedarse callado. Pasado un tiempo en que los tres permanecieron absortos con sus pensamientos más íntimos, capeto levantó una botella conteniendo algún tipo de solvente y comenzó a inhalarlo con avidez, para después pasarle la botella al muñeco que hizo lo propio. Cuando este se la ofreció a Pedro, él la rechazó disculpándose y dándole las gracias, entonces encogiéndose de hombros el muñeco continúo drogándose. Pedro sabía que él había bebido mucho durante un buen tiempo, pero el malestar que le ocasionaba hacerlo le hizo desistir; además su mente encontró otra manera para huir de la realidad. La fogata languidecía conforme consumía las tablas y ramas que habían llevado consigo el muñeco y capeto, permitiendo que el frío inclemente los abrazara debido al viento helado que se colaba por las partes donde se había colapsado el techo de las ruinas del edificio, hacía mucho tiempo. Acomodándose en su remedo de cama, Pedro extrañó su cobija roída que había dejado en su árbol, y mirando los desencajados rostros drogados de sus compañeros ocasionales, titiritando de frío poco a poco se fue sumiendo en un sueño intranquilo.

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martes, 19 de febrero de 2019

Caballero Águila


CABALLERO ÁGUILA
 (El reino de Aztlán)
*
Capítulo primero
Lo más probable es que no todo fuera cierto, pero así lo contaba el venerado teopixque, quien era el sacerdote que enseñaba religión básica y se había convertido en su mentor en el telpochcalli correspondiente a su calpulli. El venerable anciano y él habían adoptado la costumbre de sentarse en el jardín de la escuela, para presenciar las sombras caer durante el crepúsculo antes de la cena ligera. Para Cuauhtli esos momentos de meditación con el maestro eran como un remanso de río al terminar el trabajo y entrenamiento exhaustivo, que lo dejaban al borde del agotamiento total cada día.
            Al teopixque parecía agradarle narrar a su protegido historias y leyendas de tiempos remotos, que atesoraba en su memoria y floreaba con detalles coloridos de su imaginación. A veces ni él mismo podía distinguir qué era real o ficción, pero se consolaba pensando que de todas maneras solo era el pasado y qué importaba si había sucedido o no tal y como él lo contaba. Lo que le parecía innegable era poder disfrutar la compañía de aquel joven ávido por aprender y saber la historia de su pueblo y sus orígenes, y el camino que su gente había recorrido hasta llevarlo a la cumbre de su mundo, constituyéndose en el gran imperio mexica.
            La voz del anciano sacerdote acariciaba la mente de Cuauhtli, al describirle cómo fue la vida de sus ancestros en el legendario reino de Aztlán. La historia no la conocía de primera mano, provenía del relato verbal de padres a hijos, el cual representaba poco más de dieciocho generaciones, desde el inicio de la migración hasta la fundación de la gran Tenochtitlán. Como todos los hombres en su familia habían sido teopixque estaban educados para trasmitir la historia, costumbres religiosas y morales de su pueblo; así, con la propiedad que da el conocimiento, el anciano le relataba con diversos detalles, a veces no muy precisos debido al paso de los años, lo que sus antepasados habían vivido en tiempos remotos, sin dejar de considerar la bruma del pasado que siempre ocultaba o modificaba diferentes circunstancias y eventos a los mortales. En épocas inmemoriales, al parecer sus antecesores eran originarios de las tierras heladas del norte, quienes siguiendo las migraciones de animales hacia tierras cálidas, finalmente se asentaron en la región de las marismas y esteros que nombraron Mexcaltitán por su abundancia y riqueza. En ese lugar encontraron un islote en el cual construyeron su ciudad. Lo eligieron porque al estar rodeado de agua les proporcionaba seguridad estratégica contra las tribus que les habían antecedido, y que los hostigaban con frecuencia cobrándoles al principio onerosos tributos. La tierra fértil de la isla, la gran variedad de fauna silvestre y acuática, y el comercio creciente con sus vecinos menos hostiles les permitieron en unos cuantos ciclos xiupohualli construir una gran ciudad que nombraron Aztlán —lugar entre garzas blancas— y ellos adoptaron el nombre de aztecas. Los aztecas eran gente muy trabajadora, emprendedora e inteligente que vivía de la caza, pesca y el cultivo. Se decía que sus mujeres eran tan fértiles que bastaba una mirada para preñarlas, logrando rápidamente que la población creciera y su comercio se expandiera por toda la región con la ayuda de alianzas con otros pueblos vecinos, y esa estrategia les permitió librarse paulatinamente del yugo de los tributos. La influencia de los aztecas en la comarca creció y no tardó mucho para que Mexcaltitán se reconociera como el reino de Aztlán.
            Para el joven Cuauhtli era una pena interrumpir el relato del teopixque al final del ajetreado día, para irse a recostar a su respectivo lecho a reponer las fuerzas y estar listo para el día siguiente. Por lo general, Cuauhtli, posponiendo el cansancio, dejaba que su mente dibujara paisajes y escenas cotidianas de su estirpe, allá en el lejano, en tiempo y espacio, reino de Aztlán. Podía imaginarse verdes praderas pantanosas rebosantes de animales que él apenas conocía de oídas, veía volar miles de garzas tan blancas como las nubes mismas, jaguares disfrazados entre la densa vegetación acechando a su presa, y las casas con muros de bajareque encalados y techos de paja construidas sobre el islote, en el centro de una pequeña bahía de la inmensa laguna que bañaba la región. En su imaginación veía sus calles empedradas anegadas en temporada de lluvia, a su gente apuesta, noble y orgullosa moviéndose en el quehacer cotidiano. Entonces, casi sin percatarse, poco a poco el cansancio lo vencía y se quedaba profundamente dormido. 
            Muy pocos alumnos tenían el privilegio que algún teopixque o nemachtiani los adoptaran como protegidos y les enseñaran un poco más de religión, cultura, ciencias, historia y armas. Cuauhtli tenía esa fortuna y todas las tardes ansiaba reunirse con su mentor, para volver escuchar de sus labios el tejer con hilo fino la historia de sus antepasados.
            —El dominio creciente de los aztecas en Mexcaltitán —retomó su relato el anciano teopixque— conllevó a cambios obligados por las circunstancias, como elegir entre sus líderes al primer Huey Tlatoani y organizar la casta sacerdotal nombrando un Teotecuhtli, quien sería el sumo sacerdote y en su jerarquía estaba considerado solo detrás del Huey Tlatoani, le seguían los sacerdotes teopixque y el resto de la curia religiosa. Debieron especializar a los pochtecas para que impulsaran el comercio con los pueblos vecinos y aún más allá. También fue fundamental formar la clase guerrera que defendiera sus fronteras e intereses en toda la región bajo su influencia.
            El reino de Aztlán parecía tan fuerte y poderoso que nadie podía imaginarse que fuera amenazado, pero como sucede en todas las civilizaciones humanas, llega el momento que se sobreestiman y soberbios se olvidan de sus dioses. Así aconteció en Aztlán. Sus pobladores se perdieron en el gozo de su esplendorosa existencia haciendo enojar a los dioses, quienes furiosos decidieron que la naturaleza diera fin al Tercer Sol, desencadenando una tormenta huracanada que duró varios días, causando estragos en el altivo reino de Aztlán. La sobrepoblada ciudad se inundó como nunca antes había sucedido, las aves y animales huyeron, y todos los cultivos se esfumaron bajo la torrencial lluvia. Cuando todo terminó había cambiado su mundo tal y como lo conocían hasta entonces. La sombra de la muerte amenazó a cada habitante y el hambre acicateó a toda la población, obligando al Huey Tlatoani a convocar una junta urgente con el Teotecuhtli y sus sacerdotes.
            La razón principal para reunirse era que no podrían en mucho tiempo solventar las necesidades de todos los habitantes de Aztlán y sus alrededores, y era imperioso buscar una solución de inmediato, antes que la gente se sublevara y su reino se convirtiera en un caos imposible de controlar. Después de varios días enfrascados en discusiones inútiles, un teopixque, quien muchas ligas de años después algunos tlamatinimej creerían que había sido el profeta de Huitzilopochtli, propuso una idea que al principio pareció descabellada, pero poco a poco fue prevaleciendo sobre la otra opción que estaban contemplando, la cual consistía en una guerra de conquista contra otros pueblos que se mantenían fuera de sus dominios, para obligarlos a pagar un tributo que les ayudara a recuperarse de los daños sufridos por el meteoro. Sin embargo, la empresa parecía muy costosa y con sus fuerzas mermadas no estaban seguros de poder triunfar. La idea del ingenioso teopixque era hasta cierto punto sencilla, pero que en unos cuantos días podría disminuir la población de Aztlán por lo menos a la mitad. Consistía en organizar una gran migración, con la anuencia de los dioses, para iniciar la era del Cuarto Sol, y emprender la búsqueda del lugar donde se fundara otro más grande y glorioso Imperio Azteca.
            El entusiasmo se esparció entre los aztecas y en algunos pueblos vecinos, reanimándolos para superar la tragedia recién sufrida, haciéndoles renacer la esperanza y el deseo de aventura dormido en su subconsciente por la buena vida. Lo primero que hicieron los sacerdotes fue congraciarse de nuevo con sus dioses sacrificando algunas doncellas, e informar a los líderes del éxodo la profecía que debía guiarlos en su camino. Deberían fincar su imperio en el lugar entre el cielo y la tierra donde encontraran un águila devorando una serpiente sobre un nopal.   
            Así, en el año 1 pedernal se inició la gran migración de los principales calpulli de Aztlán y algunas tribus vecinas que se unieron a los aztecas, dando lugar a una penosa travesía que duró más de tres ciclos xiupohualli de cincuenta y dos años cada uno, hasta la fundación de la gran Tenochtitlan ocurrida en el año 156 pedernal. Previamente, antes de llegar a Tula, permanecieron varios años en un lugar llamado Chicomóztoc, en ese sitio de su madre la hechicera Coatlicue nació Huitzilopochtli, quien más adelante sería su guía en la migración y a su muerte los teopixque lo elevarían a la categoría de dios, comparable a Tláloc, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, diferenciándose de ellos como el pájaro colibrí azul. Después de enfrentarse a su hermana Coyolxauhqui, quien lideraba un grupo disidente que deseaba permanecer en esa tierra dando lugar a una división entre los aztecas, Huitzilopochtli decapitó a su hermana lanzando su cuerpo por la ladera de una montaña, junto con otros hermanos que la apoyaban en contra de él. Entonces una divinidad le aconsejó a Huitzilopochtli separarse de las tribus que los acompañaban y transformarse de aztecas a mexicas, nombre que derivaba de Mexitin la divinidad que los cobijaba. En Tula permanecieron durante veinte años y desde ahí fueron penetrando paulatinamente al valle de Anáhuac. En su peregrinar, guiados por Huitzilopochtli, los mexica anduvieron vagando por la cuenca del valle de Anáhuac, donde eran rechazados por los pueblos radicados ahí, hasta que llegaron a un lugar llamado Chapultepec, donde por fin pudieron establecerse por un tiempo pagando tributo a los acolhuas. Desde ahí siguieron explorando en busca del sitio señalado para cumplir con la profecía que les condujo desde la mítica Aztlán. A pesar de los constantes hostigamientos de los chalcas, acolhuas, tepanecas y xochimilcas, un día glorioso los teopixque mexicas avistaron un islote en el lago de Tezcuco, muy semejante a la legendaria Aztlán que sus antecesores les habían descrito de boca en boca, por lo cual decidieron navegar hasta él en unas canoas improvisadas. Al desembarcar se dieron cuenta que era ideal para sus fines. Igual que en Aztlán la tierra era fértil; la vegetación, pesca y fauna rica y variada, y al estar rodeado de agua les proporcionaba cierta seguridad contra sus enemigos que los asediaban. Fue entonces cuando los teopixque presenciaron algo insólito, el momento en que un águila se posó en un nopal y comenzó a devorar la serpiente llevada en sus garras, indicándoles el sitio exacto donde debían fundar la gran Tenochtitlan, cumpliendo así con la profecía mantenida viva por Huitzilopochtli.
            Las peripecias que vivieron los aztecas durante su largo peregrinar a Cuauhtli le fascinaban, motivo por el cual rara vez se perdía un atardecer junto a su mentor. Por desgracia no duró mucho tiempo, el venerado teopixque enfermó y el joven sólo podía ver a su maestro en su aposento cuando las fuerzas se lo permitían. En uno de esos encuentros el anciano sacerdote le confesó, que al verlo por primera vez distinguió en su aura el augurio que sería un gran guerrero, quien poseería muchas mujeres, realizaría grandes hazañas y sería rico y famoso; pero también sufriría la pena de permanecer siempre solo y sin descendencia. Al día siguiente su anciano tutor abandonó el mundo sin una queja y sin ningún dolor. La tristeza del joven Cuauhtli fue evidente y duró muchas lunas, pero se fue consolando al pensar que el anciano le había enseñado mucho, y en especial la virtud de nunca darse por vencido sin importar la prueba que los dioses le impusieran.
*
            Cuauhtli tuvo una infancia feliz; su madre Xilonene era abnegada ama de casa que lo amaba y mimaba sin medida. Su hermana mayor, Citlaxóchitl, era como el significado de su nombre —estrella que se convierte en flor— e iluminaba a la familia todos los días con su belleza. Su padre Iztacoyotl hacía honor a su nombre coyote blanco; era un hombre recio de fuerte carácter, pero muy noble. Toda su vida se había dedicado a la albañilería y presumía que su abuelo había colaborado en la construcción del templo mayor de Tenochtitlan. Con su oficio de albañil había logrado formar una familia mexica ejemplar y el reconocimiento de los habitantes del calpulli de Xochicalco en el cual residían. Aunque era muy severo y estricto con su hijo, lo amó desde el momento en que nació y al salir de su vivienda lo levantó en brazos como señal de ofrenda a los dioses, para que se convirtiera en poderoso guerrero y vertiera la sangre de sus enemigos y la propia en su honor; entonces, ante los ojos de todos, un águila sobrevoló su hogar otorgándole el nombre de Cuauhtli.
            Al crecer, como cualquier niño mexica esperaba alcanzar la edad requerida para ingresar al calmecac o al telpochcalli dependiendo de su estatus social; mientras tanto Cuauhtli ayudaba a su padre en su oficio de albañil cargando pesados bloques de adobe o piedra, que le ayudaron a desarrollarse fuerte y sano con un cuerpo atlético. Sin embargo, por las tardes se daba maña para jugar con sus amigos del calpulli, divirtiéndose con el trompo o las canicas, jugar a la pelota o elevar al cielo un papalote. Pero lo que más le gustaba a Cuauhtli era el juego de lucha a mano limpia con sus amigos y enfrentarse a supuestos enemigos con la macana de madera, con la cual era muy diestro. Sin proponérselo, Cuauhtli era seguido por sus compañeros de juegos, entre quienes sobresalían sus dos mejores amigos: Ahuizotl —mamífero acuático— que hacía gala de su nombre siendo gran nadador, y Ekauyo —protector— quien siempre defendía a Cuauhtli ante cualquier situación peligrosa, y por su corpulencia era el único que en ocasiones podía vencer a Cuauhtli en la lucha cuerpo a cuerpo.
            No obstante la felicidad que reinaba en su hogar, la vida no era fácil para Cuauhtli; al igual a cualquier adolescente mexica las obligaciones y el respeto a las normas y costumbres de su pueblo eran duras, y el incumplimiento de alguna les acarreaba castigos severos, pero valía la pena por el orgullo de ser mexica. Sin embargo, el fuego en la sangre de la juventud hizo que Cuauhtli se revelara algunas veces, obligando a su padre, con todo el dolor de su corazón, a infligirle castigos que le dolían más a él que a su querido hijo, experiencias que más tarde ayudarían al adolescente en su educación durante su permanencia en la casa de los mancebos.
            A pesar de su estricta educación y con el temor a ser castigados, Cuauhtli y sus amigos se daban tiempo para hacer travesuras y siempre estaban ideando alguna locura, como la vez que decidieron conocer la cueva del jaguar. Algunos amigos les habían asegurado que en la zona del cerro Zacatépetl, cercana al pueblo de Coyoacán, existía una cueva de difícil acceso, en la cual en sus profundidades se podían admirar grandes bóvedas de impresionante belleza y extrañas pinturas en sus paredes de piedra caliza. Despierta su curiosidad y su espíritu de aventura decidieron aprovechar la festividad del Fuego Nuevo, para desplazarse hasta Coyoacán e intentar dar con la cueva del jaguar para conocerla y explorarla. Durante varios días se estuvieron preparando con productos de trueque, alguna comida, y con la mentira a sus padres que irían acampar a un paraje cercano durante los tres largos días que duraba la ceremonia del Fuego Nuevo.
            De madrugada se juntaron los tres, y cuando los primeros rayos de la alborada anunciaban el nuevo día, en una canoa prestada previamente se desplazaban por las aguas del lago de Tezcuco que se abrían a su paso, mientras contemplaban el entorno repleto de aves silvestres, trajineras dirigiéndose a todas partes con sus mercaderías y pasajeros, y las chinampas con plantíos de verduras y flores para su venta. A la distancia se podían apreciar las zonas lacustres llenas de verdor, y suspendidas en las copas de los árboles garzas blancas, grullas y guacamayas multicolores. Surcando las aguas debieron preguntar varias veces a los trajineros la orientación para llegar a Coyoacán, aunque sabían que a su izquierda debían mantener a la vista la calzada a Tlalpan y a su derecha la ribera de tierra firme. Los tres habían navegado por el lago con anterioridad, sin embargo estuvieron a punto de voltear la canoa más de una vez. Poco después de dos horas con sol sobre sus cabezas, y cuando arreciaba el hambre por fin llegaron al embarcadero de Coyoacán, pueblo que por esos días se hallaba en precaria relación comercial con Tenochtitlán, gracias a la diplomacia de Chimalpopoca, el Huey Tlatoani mexica, circunstancia que les permitió llegar a esas tierras sin demasiado peligro. Desde el embarcadero pudieron avistar el poblado de casas blancas y no muy lejos dos pirámides pequeñas en comparación con las del templo mayor de Tenochtitlán. Sentados bajo la sombra refrescante de los aueuetl, en un parque rebozando flores de todas clases y colores, almorzaron algunos alimentos que llevaban consigo, manteniéndose alertas a cualquier señal de agresión por parte de la gente que no veía con muy buenos ojos a los revoltosos mexicas, aunque fueran mocosos de unos diez años de edad. Satisfecho su apetito, comenzaron a indagar la localización de la mentada cueva del jaguar; para su asombro nadie parecía conocerla, y cuando estaban a punto de subirse a su canoa para regresar a Xochicalco desilusionados, un joven cargador les indicó el camino para llegar a ella. A pesar de seguir las instrucciones del cargador, varias veces se perdieron entre las rocas y vegetación de aquel páramo alejado del poblado, en la zona pedregosa cercana al cerro Zacatépetl. En el momento en que indecisos contemplaban darse por vencidos y abandonar la búsqueda, Ahuizotl se percató de un gran hueco detrás de unos matorrales. Entusiasmados se abrieron paso hasta toparse con la amplia entrada a una caverna. Antes de bajar por la escabrosa pendiente repleta de piedras, grandes rocas y maleza, prepararon los mecheros y las xikali y xikipili  con agua y comida que llevarían consigo en su descenso a la cueva. Conforme penetraban por la cada vez más oscura caverna, les parecía que se estaban introduciendo por la boca de una criatura ancestral, pero armándose mutuamente de valor prosiguieron el descenso hacia la negra profundidad que parecía engullirlos. Cuando al mirar hacia atrás solo se veía la débil luz de la salida y al frente la oscuridad absoluta, en la penumbra encendieron los mecheros y avanzaron hacia lo desconocido. No salían de su asombro con lo que iban descubriendo conforme cruzaban, con muchas dificultades, por una serie de grutas hasta llegar a una caverna del tamaño de la pirámide de Copilco, en la cual se apreciaban formaciones rocosas de increíble belleza y formas indescriptibles que jugaban con las sombras producidas por los mecheros. Algunas figuras esculpidas en la roca durante milenios parecían animales conocidos, otras semejaban los cuerpos y caras de seres humanos, y hasta había las que parecían formar cascadas de agua petrificada. Fascinados continuaron penetrando entre las rocas y el suelo de arcilla lodosa que parecía aprisionarlos, hasta que la caverna se fue reduciendo a un pasadizo por el cual debieron arrastrarse por un buen trecho, temiendo por momentos quedar atrapados sin poderse mover ni para atrás ni para adelante. Por fin, el túnel se fue ensanchando hasta convertirse en una inmensa caverna, a la cual accedieron y fueron impresionados por su tamaño de al menos el doble que la anterior, y no sin antes jalar a Ekauyo que se había quedado atorado en la parte más estrecha del paso. El techo de la bóveda estaba tan alto que no se podía ver con la luz de las antorchas, y sus formaciones rocosas eran tan grandes y bellas que humillaban las anteriores. Sin embargo, lo que maravilló a los tres jóvenes fueron las antiquísimas pinturas plasmadas en uno de los muros. Sin duda habían sido hechas por personas que se perdían en el cúmulo del tiempo. Ahí, en lo profundo de la madre tierra Tlaltipac, contemplaron imágenes rupestres de hombres cazando animales desconocidos, y tres figuras de guerreros parados sobre muchos enemigos vencidos, ante lo cual Ahuizotl exclamó:
            — ¡Miren, somos nosotros! El grande es Ekauyo, el del macuahuitl es Cuauhtli y el más inteligente soy yo.
            Riéndose de la tontería de Ahuizotl, Ekauyo y Cuauhtli manotearon la cabeza de su amigo; sin embargo, la imagen de los tres guerreros caló muy profundo en sus corazones.
            Al pie de las pinturas rupestres, mientras las contemplaban a pesar de la agobiante oscuridad mancillada apenas por las flamas vacilantes de los mecheros, los tres amigos agotaron la comida y agua llevada en sus xikali, hasta calmar el hambre y la sed producidas por el esfuerzo y el calor húmedo de las entrañas de la tierra.
            La salida de la cueva del jaguar no fue tan fácil, por un buen tiempo, que les pareció una eternidad, no encontraban el estrecho túnel para retroceder sobre sus pasos y salir a la claridad del día para contemplar de nuevo el cielo azul. El calor y la humedad reinante habían hecho estragos en ellos, y la sed les volvió agobiar sin el agua que habían agotado de sus xikali. En la búsqueda de la salida encontraron el cauce de un río subterráneo, en el cual estuvo a punto de caer Cuauhtli de no haber sido agarrado por la mano salvadora de Ekauyo, antes que su amigo fuese tragado por las negras profundidades del inframundo. Con la fría agua cristalina del río satisficieron su sed y volvieron a llenar sus xikali del vital líquido, para proseguir en la búsqueda del camino al exterior y a su mundo. Por fin, cuando comenzaban a desesperarse, encontraron lo que les pareció ser el pasadizo por el cual habían entrado, pero no estaban seguros bien podía ser otro acceso a lo desconocido, donde se perderían para siempre en las profundidades del reino de Mitecacihuatl, señora del Chiknaumiktlan. No tenían otra opción, y una vez discutido el punto reclamándose por no haber dejado marcas, se encomendaron a los dioses y se introdujeron por el estrecho espacio que los fue estrujando conforme avanzaban penosamente. Al volverse atorar Ekauyo los animó, supusieron que era el mismo sitio donde le había pasado antes, aunque ahora hubo un instante en que temieron no poder zafar a su amigo a pesar de sus esfuerzos, Cuauhtli jalándolo por delante y Ahuizotl empujándolo desde atrás. Sin obtener el resultado deseado por la mente de los tres cruzó la idea que allí morirían, Cuauhtli no abandonaría a sus amigos, uno atorado y el otro con el paso obstruido. En tanto Cuauhtli contemplaba la posibilidad de ir a pedir ayuda, Ekauyo se orinó en su taparrabo, y ya sea por disminuir el volumen de su vientre o porque el orín lubricó la piedra o porque los dioses intervinieron, el joven logró avanzar unos cuantos centímetros, animando a sus amigos con nuevos bríos para intentar una vez más liberar a su compañero. Después de esforzarse un buen rato y de infligirle a Ekauyo raspones en la panza, espalda y piernas quedó liberado para poder ingresar a la siguiente caverna, la cual reconocieron enseguida. Después de tirar los mecheros que se habían agotado y seguir la luminosidad de la entrada, salieron a la luz incomparable del día que los abrazó como a sus hijos extraviados aunque avanzada la tarde. Afuera no pudieron contener la risa burlándose de la corpulencia de Ekauyo, quien no dejaba de quejarse por los raspones en su cuerpo, pero sin ocultar la alegría de sentirse a salvo.
            Felices y cantando llegaron al pueblo de Coyoacán, donde con los objetos de trueque llevados consigo pudieron atiborrarse de sabrosa comida en una posada. Al salir de la fonda, Ahuizotl y Cuauhtli se volvieron a burlar de Ekauyo por el abultado vientre que lucía, aunque con seguridad ahora ninguno de los tres podría cruzar el estrecho túnel de la cueva del jaguar. Al llegar al embarcadero y subirse a su canoa que los esperaba impávida, emprendieron el regreso a su calpulli, guardando en su memoria una aventura que jamás olvidaría ninguno de los tres.

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jueves, 17 de enero de 2019

Ayeres de un viejo triste

Índice


Capítulo I
Encuentro con el pasado……….Página 4
Capítulo II
Una nueva oportunidad………...Página 21
Capítulo III
La tentación…………………….Página 42
Capítulo IV
Perdido en el mar………………Página 59
Capítulo V
El verdadero amor……………..Página 82
Capítulo VI
La cruda realidad       ………….Página 101
Capítulo VII
Regreso al presente…………….Página 111
Capítulo VIII
El dinero no es la felicidad…….Página 126
Capítulo IX
Los hijos se van………………..Página 140
Capítulo X
En la recta final………………..Página 152
Ayeres de un viejo triste
checovalebon
*
Capítulo I

Abrí los ojos y me quedé contemplando el techo por un prolongado momento, mi mente comenzó escudriñar lo que debía hacer ese día, algo que se repetía cada mañana llegando casi siempre a la misma conclusión: Nada.
            Mi vida se había convertido en una rutina monótona de un hombre con setenta y tres años de edad; bueno, todavía me faltaban algunos días para cumplirlos. Ese hecho me llevó a pensar sobre el tiempo, concluyendo que ese concepto puede tener varias connotaciones dependiendo las circunstancias, por ejemplo: para mí y a mí edad casi todo es el pasado, el futuro se vislumbra vacío y el presente es árido y ríspido. Claro que la actitud puede hacer una gran diferencia, porque con una actitud optimista se puede encontrar satisfacción en el más frustrante vivir diario y en el sabor amargo de la añoranza por lo dejado atrás. Basura que he leído muchas veces en los trillados libros de autoestima y superación personal, con su filosofía que, siendo cierta, no sirve para nada cuando la realidad supera el pensamiento y se sufre una depresión permanente debido a la avanzada edad.
            Esta línea de pensamiento me llevó a meditar en lo mucho que había vivido. En mi fallecida compañera, madre de mis hijos, que se me fue años atrás; en mis hijos alejados de mí desde hacía muchos años, excepto por las visitas esporádicas de mi hija María Isabel. En las mujeres que había amado a lo largo de mi vida, sin olvidar a mis amigos entrañables que sin ninguna consideración se me habían adelantado en irse de éste mundo, dejándome rumiar solitario el trajín cotidiano sin poder compartir con ellos mis vivencias y mis penas.
            Pero basta, debía levantarme como siempre y sin retrasarlo más comenzar con la tediosa rutina diaria, empezando por ir al baño a defecar y sufrir mi martirio de cada mañana, ocasionado por las almorranas resultantes del estreñimiento crónico que padecía durante los últimos treinta años de mi vida. Continuaba poniéndome mi dentadura después de lavarla, me rasuraba, aunque ese día decidí no hacerlo, y me bañaba para atenuar mi inseparable olor a viejo. Más tarde y sin prisas, me freí un huevo insípido que me comí sin apetito. Después me quedé contemplando lo que intentaba ser mi hogar, y que consistía en un cuartucho que me servía como cocina, el comedor y la sala donde ahora me encontraba. En ese reducido espacio estaba el sillón con la silueta de mi cuerpo grabada en él, y un pequeño sofá de dos asientos impregnado de mi humor y mirando de frente al televisor casi tan traqueteado como mi persona. Había una parrilla eléctrica de dos hornillas sobre una barra de cemento con puertas vencidas que servía como alacena, el refrigerador tan usado que sonaba como matraca cuando trataba de enfriar, la mesa sobre la que ingería mis sagrados alimentos y tres sillas tubulares, la cuarta estaba rota en un rincón. Al fondo, a la derecha de la entrada, se encontraba el cuarto con mi cama rechinante en la cual dormía, y un ropero que era una verdadera reliquia en el que guardaba mi vestuario no solo modesto sino también escaso. En el muro frente a la ventana que daba a la calle sur 71-a estaba la cortina que hacía las veces de puerta del baño, en cuyo interior se encontraba el inodoro, un pequeño lavabo donde también lavaba mi ropa interior y en un rincón la regadera, todo impregnado de moho y humedad. Con una mueca semejando ser una sonrisa, me dije a mi mismo que me gustara o no ese era mi hogar actual. Por supuesto yo había estado en mejores condiciones en otro tiempo y espacio hacía una eternidad. Sin embargo ahora por lo menos tenía donde dormir, y junto con el respaldo de mis ahorritos guardados en el Banco, la pensión recibida por parte del imss, algunas entradas extras por mis modestas propiedades y los pocos gastos generados por mi persona, mi situación económica era aceptable; aunque lo más importante era que me permitía gozar de una completa independencia. En realidad mis únicos dispendios consistían en, de vez en cuando, comer algunos antojitos a los cuales era adicto, tales como tortas, pambazos, quesadillas, tacos al pastor, chalupas poblanas, tamales, pozole, y eventualmente una gigantesca milanesa de ternera en la cantina La Berlín.   
            Una vez lavados los trastes utilizados y volver a lavar mi dentadura postiza, me dispuse salir a la calle para consumir un día más. No tenía definido el lugar donde iría a vagabundear ese día, pero como casi siempre lo hacía dejaba que mis pasos me guiaran al azar.
            Salí al patio que compartía con los vecinos de las otras tres viviendas de la vecindad de mi propiedad, y que exceptuando obviamente la que yo habitaba las alquilaba por una renta bastante módica. Saludé a la señora Chayito, quien platicaba con su hija Rosario antes que llevara a sus hijos a la escuela a esa temprana hora de la mañana.
            Una vez afuera en la calle sur 71-a, caminé en dirección a la avenida Iztapalapa, con la intención de tomar un trolebús que me trasladara a mi querido Coyoacán, donde de pronto había decidido pasar un día agradable, además de visitar la iglesia de San Juan Bautista, mi hogar espiritual, que hacía varias semanas no visitaba. Sentado cómodamente en el asiento cedido por un amable joven, miraba pasar por la ventanilla del trolebús lugares que me traían infinidad de recuerdos, haciéndome reconocer que era muy probable no hubiese muchos sitios en toda la ciudad de México que no me susurraran alguna remembranza vivida. Tal vez por eso amaba tanto esa ciudad, en la cual había transcurrido la mayor parte de mi paso por este mundo y en la que con seguridad moriría. Por eso ahora era amarga mi tristeza y frustración, al ver que sus calles habían sido tomadas por el hampa mancillándolas con el crimen y la violencia. Cuando veía su cielo, antes llamado la región más transparente del mundo, oscurecido por la densa capa de contaminación ante la desidia e indiferencia de sus habitantes y la negligencia de las autoridades, lo cual sin poderlo evitar me deprimía. Por esa razón, no quería ni imaginarme el futuro caótico vaticinado por los eruditos, y con egoísmo me decía que por fortuna yo no lo viviría. Mientras tanto sí sufría las consecuencias que irritaban mis ojos con frecuencia y me hacían padecer una molesta tos crónica reacia a los medicamentos.
            Al fin me apeé del trolebús en la esquina de la avenida Miguel Ángel de Quevedo y la calle Felipe Carrillo Puerto, desde allí caminé hasta el centro de Coyoacán para dirigirme a la iglesia de San Juan Bautista, pasando junto a la cruz atrial que con sencillez adornaba el portal del templo. Al cruzar por su portón de madera labrada a mano, con las señas de deterioro grabadas por el tiempo, sentí vibrar mi alma y como siempre me sucedía mi corazón se me encogió ante el misticismo del interior y la majestuosidad de su arquitectura. Como era de esperarse a esa hora de la mañana y siendo un día entre semana la iglesia se encontraba casi vacía, a diferencia de los fines de semana que se abarrotaba en cada una de las misas celebradas durante el día, circunstancia agradable ahora porque así podía disfrutar solitario mi hogar espiritual. Admirando una vez más los murales pintados en sus bóvedas y muros, representando escenas bíblicas y religiosas de la evangelización de los indígenas por los franciscanos durante la conquista de México que causaban admiración a cuantos las veían, no pude sustraerme de maravillarme ante ellas como lo hacía cada vez que las contemplaba. Al frente, por detrás del altar donde el sacerdote oficiante celebraba la misa, se encontraba el retablo principal, de intención barroca, decorado con hojas de oro de catorce quilates, en el cual sobresalía un baldaquín plateresco con sus columnas doradas, reflejando las luces iridiscentes provenientes de los vitrales de la cúpula superior de media luna, y el altar donde se apreciaban el hostiario y un hermoso crucifijo de oro.
            Este, me dije, es el único lugar del mundo en el cual todavía podía sentir alguna paz. En ese recinto, del que emanaba indescriptible espiritualidad, había vivido muchos días felices y momentos inolvidables que volvían a mi mente mientras caminaba por el pasillo central del templo, hasta hincarme en la banca frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe, quien era mi madre espiritual de toda la vida. Ahí me imaginaba que podía hablarle a Dios con mayor fervor; era el vínculo por el cual verdaderamente sentía que podía pedirle perdón y rogarle porque me llevara pronto con él. Estando sentado en la banca bajo la venerada Guadalupana a mi lado izquierdo y al frente el altar con el crucifijo dorado, recordé que una vez cuando era muy joven en ese mismo lugar le había pedido a Dios una vida corta, después de haber leído en algún lado una fábula que caló muy hondo en mi mente, en la cual un oráculo griego le había concedido a Aquiles, el héroe Mirmidón, la opción de escoger entre una vida larga pero mediocre o una corta y gloriosa capaz de trascender en la historia, y Aquiles había escogido la vida corta. Ahora sabía que Dios no me escuchó en aquella ocasión.
            Más tarde recordé que en ese altar yo había sido acólito asistiendo al sacerdote durante la misa, a veces esparciendo el incienso en el aire vibrante de misticismo y otras tocando la campanilla durante el sacramento de la eucaristía. En ese mismo altar yo había hecho mi primera comunión; ahí, en alguna de las bancas había escuchado misa con mi novia en turno. Afuera en el portal muchas veces había estado esperando el bolo que acostumbraban lanzar los padrinos de algún bautismo al salir de la pequeña capilla lateral, donde se encontraba la pila bautismal, una vez terminada la ceremonia. En una ocasión, cuando me encontraba agachado recogiendo el bolo, una preciosa adolescente me pellizco la espalda descubierta entre el pantalón y la camisa desfajada; tiempo después ella fue mi gran amor de adolescente. En el edificio adjunto, a un lado del atrio de la iglesia, fui miembro de la desaparecida acjm (Asociación Cristiana de Jóvenes Mexicanos) y participé también en el grupo de baile folclórico de la iglesia. Dios mío, cuanto había gozado aquellos días, sin duda yo había sido un niño feliz y afortunado.
            En especial me sinceré con Dios ese día, con honestidad le confesé mis pecados que no eran muchos, tan solo mentir algunas veces, maldecir cuando me enojaba o me molestaba por cualquier estupidez, y masturbarme con cierta frecuencia no obstante mi edad. Le platiqué sobre mis aconteceres cotidianos, de mis achaques de tos y mis penurias con las hemorroides. Le agradecí la lucidez que conservaba mi mente, la buena salud de que gozaba, en general, al no padecer ninguna enfermedad crónica degenerativa, como la hipertensión, diabetes o artritis reumatoide. Por el contrario mi condición física era excelente para mi edad, permitiéndome caminar largas distancias y hacer ejercicio con cierta regularidad, mejorando un tanto mi baja autoestima y revitalizándome de manera ostensible. Al momento me encontraba en un periodo de receso por los fríos del invierno, hecho que probablemente incrementaba mi depresión en esa época del año en que afloraban los sentimientos, y que por fortuna para mí había pasado una vez más.
            Transcurrido un buen tiempo me levanté de la banca y crucé por el lado derecho del altar, después de hincarme y persignarme frente al crucifijo saliendo por la puerta lateral que daba a un cubículo, desde donde mucha gente presenciaba la misa los domingos y que se comunicaba al recinto en el cual se encontraba una pila de agua bendita. La salida del recinto daba al pasillo del cuadro que rodeaba el amplio soto corro adornado con flores y en el centro con una fuente cantarina, de donde partían caminos adoquinados hacia las esquinas del espacio abierto de esa sección del convento, en cuya planta superior estaban las instalaciones sacerdotales. A la izquierda del pasillo estaba el acceso a un pequeño teatro, en el cual se daban funciones gratuitas de títeres y cine para los niños de la comunidad, y se presentaban las funciones de teatro experimental y los bailes folclóricos en los que participé muchas veces. Hacia la derecha del pasillo se ubicaba el acceso al portal con los arcos laterales externos de la iglesia, por donde también se salía al atrio y a la sección del parque centenario que se encontraba frente la iglesia y lo atravesaba la calle Carrillo Puerto.
            Sintiéndome reconfortado, decidí encaminarme a esa parte del parque centenario, en cuyo centro resaltaba la representativa fuente de los coyotes, animales de quienes, según cuenta la leyenda, se había adoptado el nombre de Coyoacán; palabra derivada del Náhuatl Coyohuacan (Lugar donde hay muchos coyotes). También se rumoraba la fábula sobre un coyote agradecido, porque un sacerdote franciscano le había curado una grave herida salvándole la vida, y en ocasiones mansamente lo visitaba dando origen a una extraña amistad. Teniendo a la espalda la iglesia, a la izquierda se encontraba la librería Parnasos y su cafetería de ambiente bohemio, y en el resto de la calle había una serie de restaurantes y cafeterías en las cuales se servían toda clase de alimentos y bebidas. Al fondo se apreciaba el arco atrial virreinal del que partía la calle adoquinada de Francisco Sosa, delimitada en ambas aceras por las fachadas de antiguas casonas históricas, exponentes de la bella arquitectura colonial de aquella época. A la derecha sobresalía el contraste moderno del restaurante Sanborn´s, ocupando el mismo espacio del que fuera el cine Centenario tan añorado por varias generaciones, y donde una tarde de domingo, hacía muchos años, conocí a Gloria mi primer desengaño de amor. Junto al restaurante estaba la famosa nevería La Siberia que sobrevivía el paso de los años, y en la cual me era imposible no disfrutar un barquillo con doble helado de vainilla cada vez que visitaba mi barrio de Coyoacán. Mientras paladeaba el helado sentado en una banca del parque, me dije que ese era el Coyoacán que yo amaba, sin la muchedumbre de los fines de semana, sin tanto merolico, payasos y mimos. Sin los puestos ambulantes con chucherías y artesanías atendidos por hipiosos vendedores, o los estirados artistas, bohemios e intelectuales exhibiéndose en las cafeterías consumiendo las horas con apenas una taza de café exprés o un capuchino. Quizá podría aceptar a los numerosos niños con sus padres que se aparecían los sábados y domingos; a los vendedores de los esponjados algodones de azúcar color rosa, y a los merengueros con sus cajas llenas de deliciosos merengues, alegrías y obleas; dulces típicos por los que apostaba jugando a los volados con los vendedores cuando era un mozalbete y casi siempre les ganaba. También podía aceptar los carros ambulantes con ricos chicharrones de harina o papas fritas, o los de frutas con jícamas, piñas y sandias aderezadas con limón y chile piquín. Y por supuesto a las imprescindibles hermosas jóvenes que me alegraban la vista, a pesar que ahora al admirarlas se me escurría alguna lágrima por mi mejilla, porque para ellas me había vuelto invisible y no podía ya enamorarlas, a pesar que mi cuerpo todavía se negaba a morir y se manifestaba con perturbadoras erecciones.
            Mirando la fachada de Sanborn´s, que al faltarle la pátina del tiempo solo arremedaba el estilo colonial de los edificios adyacentes, me dejé llevar al pasado y volví a admirar la belleza de una jovencita llamada Gloria haciendo fila para comprar los boletos para entrar a la función vespertina del cine Centenario. Al cruzarse nuestras miradas la reconocí como la adolescente que me había pellizcado la espalda, cuando distraído me encontraba recogiendo el bolo en la Iglesia, y ya me fue imposible evitar sumergirme en el ámbar de sus picaros ojos, ni que al sonreírme mi corazón solo latiera por ella. No recuerdo con exactitud cómo fue que más tarde estuve sentado junto a ella en las butacas de uno de los palcos del cine, pero aún puedo sentir la tersura de su piel, el excitante aroma de su cuerpo y la humedad de sus labios mientras bebía de ellos su dulzura con la inocencia de un adolescente. Sonreí al recordar la envidia que emanaba de los ojos de mis amigos sentados butacas adelante, y sonreí cuando todavía después de mil años, al pensar en ella tuve un ligero movimiento por debajo de mi vientre. Gloria no fue mi primer amor, pero sí mi primer desengaño, y tal vez no hubiese pasado de haber sido yo mucho más precoz. En aquella época era un joven iluso e idealista que creía en respetar como caballero a todas las mujeres, por eso nunca pensé siquiera en tener relaciones sexuales con ella, a pesar, más tarde caí en cuenta, que Gloria lo deseaba y se me insinuaba con frecuencia. Por eso quiero creer, que al no obtener nada de mí buscó el placer con otros hombres. Al descubrir que ella me engañaba se me partió el corazón, y aunque más tarde le ayudé cuando salió embarazada de algún eventual enamorado, jamás volví a tocarla.
            Sin saber por qué los recuerdos me llevaron a la calle Venustiano Carranza, a dos cuadras de la iglesia donde se encontraba la alberca Aurora; una pileta grande con agua helada en la cual niños y adolescentes nos íbamos a divertir, chapoteando en el agua unos y otros para echarnos un taco de ojo con las chamacas en traje de baño. En ese lugar nació mi afición por la natación, ahí el doctor Tussaint me enseñó a nadar con el ejemplo de Alfonso Gallardo unos años mayor que yo. Él era un nadador nato con cualidades excepcionales por cómo se deslizaba en el agua sin ningún esfuerzo, las que lo hubieran llevado hasta una olimpiada de haberlo deseado. Pienso que tal vez aburrido por ganar tantas competencias desde muy pequeño, sin necesidad de entrenar como lo teníamos que hacer el resto de nosotros, le hizo perder el interés y prefirió dedicarse a la conquista de mujeres, para lo cual también era muy diestro a pesar de no ser galán. Sin embargo tenía una personalidad enigmática que las atraía y convertía en presas fáciles para él. A pesar de la diferencia en edad, y tal vez sintiéndose mi protector, nos hicimos muy amigos. Alfonso fue quien me aconsejó ingresar a la unam para poder entrar a la alberca de la universidad, a la cual él asistía por estudiar en la facultad de medicina. Debido a que no había terminado de cursar la secundaria no podía inscribirme en una preparatoria universitaria, pero como buen mexicano encontré la forma de ingresar a la alberca olímpica. En aquel tiempo la Academia San Carlos estaba afiliada a la unam, y allí no eran tan estrictos con los requisitos de ingreso y no exigían el certificado de secundaria. Una vez inscrito en la Academia no tuve impedimento para ingresar a la alberca olímpica de la ciudad universitaria. Para mi sorpresa la carrera de maestro en artes plásticas que se impartía en San Carlos resultó más interesante de lo que esperaba y decidí abandonar la secundaria. En las aulas del vetusto edificio llenas de historia y arte disfruté durante tres años la vida bohemia, y aprendí a pintar y a esculpir. Tal vez si hubiera sido persistente y responsable habría llegado a ser un buen artista, pero dicen que el hubiera no existe y pronto le di otro rumbo a mi vida. Durante ese tiempo Alfonso me ayudó para entrar al equipo de natación como novato, y no tardé en comenzar a destacar haciéndome merecedor de un casillero en los vestidores, unos pants y el traje de baño del equipo oficial de la unam.
            Todo iba muy bien, a pesar que asistía de manera irregular a mis clases en la Academia. Hice buenos amigos y comencé a conocer universitarias que me paralizaban el corazón, pero era muy joven y no tenía dinero. Así que sin quererlo envidié a Alfonso, porque además de otras jóvenes con quienes se divertía sin tomarlas en serio, se hizo novio de una francesita que había venido de intercambio con la universidad, y que sin desearlo se convirtió en mi primer amor platónico. Los tres éramos inseparables la mayor parte del tiempo y nos divertíamos a lo grande disfrutando nuestra compañía. Cuando ella regresó a Francia, Alfonso se consoló conquistando a la reina de las porristas del equipo de fútbol americano de la unam, y yo me volví a conformar con solo su amistad.
            Un día todo cambió para mí, cuando al exigente entrenador profe Herrera se le ocurrió en el entrenamiento matutino que compitiéramos Carlos Moreno, Mario López, Xicoténcatl y yo, todos promesas del equipo de natación de la universidad. Fue entonces cuando sucedió el incidente que influyó profundamente en mi actitud a partir de ese día, pero que por desgracia no apliqué en todos los aspectos de mi vida. La competencia fue los cien metros estilo libre que yo comencé a dominar hasta los setentaicinco metros, cuando inconscientemente sentí miedo de ganarles a mis contrincantes que se suponía eran mejores que yo y me di por vencido. Al salir del agua el profe Herrera me llamó y me dijo algo que nunca olvidaré en toda mi vida: «Tú no tienes mentalidad ganadora y te das por vencido fácilmente, así no me sirves en el equipo, entrega tu casillero y sigue tu camino». A partir de ese momento me dejó de hablar, y ya no me fue tan agradable ir a la alberca olímpica de la ciudad universitaria. Al finalizar ese día, juré nunca volver dejarme vencer por las adversidades. Por desgracia no siempre pude cumplir mi juramento.  
            Suspirando me levanté con lentitud de la banca, lamentando que se me hubiera acabado el helado de vainilla que me seguía pareciendo delicioso, pero ya me había acostumbrado a que todas las cosas se me quedaran atrás. Sin más quejas caminé por lo que había sido la acera de la calle que comunicaba a la de Tres Cruces con la de Carrillo Puerto, y por donde hacía muchos años circulaba un trenecito amarillo conectando al barrio de Chimalistac con el de General Anaya, y separaba el parque Centenario del parque Hidalgo. Bajé por la calle de Tres Cruces hasta el entronque de las cinco esquinas, en el cual convergían la calle Belisario Domínguez, la avenida México y el inicio de la calle Centenario, donde en una de sus esquinas triangulares se encontraba la escuela primaria Protacio Tagle. En ella estudié los tres primeros años de mi educación básica, antes que mis padres me cambiaran a la escuela República de Guatemala. Me volví a ver cuando era niño con tan solo unos nueve años de edad, y estando en el salón del tercer grado, sin recordar la razón, me peleé con un niño más grande que yo. Le di un derechazo en pleno mentón, que le hizo retroceder trastabillando por el pasillo entre los pupitres hasta el fondo del salón, donde estaba el armario del material didáctico, quedando despatarrado en su base aturdido por completo. Desde entonces descubrí mis habilidades boxísticas que fui puliendo con los años, hasta llegar a competir en el torneo de los guantes de oro del barrio de Coyoacán, en el cual fui campeón de peso gallo. Fue al final de ese año escolar, cuando vestido como cosaco hice pareja con una niña, de quien únicamente recuerdo sus botas negras y sus piernas bonitas, durante un bailable ruso representado en el festival de ese fin de curso.
            Años más tarde, después de mi fracasado paso por la escuela secundaria diurna N° 21, regresé a la Protacio Tagle para tratar de terminar la secundaria en el turno vespertino. En aquellos días la vida era para mí puro juego y diversión, mis únicas preocupaciones eran conseguir un poco de dinero para entrar al cine o comprar chucherías, y sobre todo para encontrar una chamaca fácil o una vieja deseosa y tener sexo con ella, e inaugurarme como hombre perdiendo mi virginidad mancillada ya por mi mano, pero que me sacaba de apuros mientras tanto. Tener sexo era nuestra obsesión común entre todos los amigos, y para lo cual instituimos un reconocimiento para el primero que lo lograra. Ese despertar de nuestra fisiología que nos alborotaba las hormonas, nos hacía recargarnos todas las tardes en la malla ciclónica de la Protacio Tagle, fijada sobre una barda de piedra que nos llegaba a la cintura y limitaba la escuela en la acera que daba a la avenida México. Sentados ahí veíamos pasar a las jovencitas preparatorianas con sus uniformes de la Academia Moderna, luciendo su belleza a un paso de convertirlas en mujeres. Por ser mayores que nosotros aparentaban no tomarnos en cuenta, pero alagadas por despertar nuestros deseos de potrillos sementales, a veces se les escapaba una provocadora mirada hacía el grupo de jovenzuelos que las admiraban con la boca abierta, y que todos reclamábamos como nuestro aquel incierto coqueteo. Una de ellas, posiblemente la más hermosa, se transformaba cuando más tarde volvía a pasar e iba vestida y maquillada, como toda una bella señorita, a comprar el pan en la panadería de la esquina de Centenario y Belisario Domínguez. Para mí, ella se convirtió en el símbolo de la mujer inalcanzable, no solo por ser mayor que yo, sino porque además resultó ser novia de mi maestro de biología e historia con quien posteriormente se casó. Ese maestro, cuyo nombre no recuerdo pero creo que su apellido era Borbolla, propició una broma que hice a un compañero de clase, dándome cierta popularidad entre los demás estudiantes. Resulta que cuando el maestro nos impartía su clase de historia y le preguntó a un distraído alumno cómo había llegado Cristóbal Colón a América, el confundido estudiante no supo qué responder hasta cuando le susurré en broma que lo había hecho en un submarino. Sin recapacitar, de inmediato respondió muy seguro de sí: «En un submarino, maestro» provocando las carcajadas de la clase y las risas de todos los estudiantes de la escuela al difundirse la broma. Nunca volví a verlo después de finalizar aquel año, pero no dudaba que ese alumno me siguiera odiando hasta la fecha.
            La otra parte de barda que completaba el triángulo del patio de la escuela daba a la calle Centenario. En esa esquina era la parada terminal, desde donde partían los camiones urbanos de la ruta Colonia del Valle-Coyoacán que llegaban hasta la calle Gante en el centro de la ciudad de México, a una cuadra del zócalo. Ahí también observábamos a las mujeres cuando subían a los Chatos, así les llamábamos a los camiones de esa ruta, y se levantaban un poco la falda ajustada que estaba de moda para alcanzar el escalón de la puerta, permitiéndonos admirar una generosa porción de sus piernas cubiertas con la ceda excitante de las medias transparentes. Nosotros no éramos los únicos en espiar a esas mujeres. En el segundo piso de los departamentos frente a la escuela, un hombre bastante maduro también las observaba desde su ventana, mientras sus manos ocultas a nuestra vista parecían moverse de manera evidente a lo que suponíamos estaban haciendo. Su actitud provocaba que nos burláramos de él gritándole una serie de improperios al degenerado, quien ni se inmutaba de tan absorto que estaba en su quehacer hasta que terminaba, y solo entonces se limitaba a mentarnos la madre con el brazo. Nunca imagine que de viejo lo justificaría y comprendiera, pero la vida da muchas vueltas y lo que hoy nos parece malo, mañana puede parecernos bueno.
            Si no teníamos alguna clase y no había mujeres a la vista nos divertíamos con las locuras de Antonio, un parapléjico que se movía en una silla de ruedas con gran habilidad. Con su silla se lanzaba a la calle y se ponía a lidiar como torero automóviles y camiones que circulaban por la avenida México corriendo el riesgo de ser atropellado, si bien en aquellos días ni remotamente había el tráfico de ahora. En otras ocasiones cruzábamos la avenida México que formaba el otro triangulo con la calle Belisario Domínguez; ahí había un parque de juegos infantiles y cancha de basquetbol. En ese lugar, además del básquet, también jugábamos cascaritas de fútbol hasta que la obscuridad del anochecer nos obligaba retirarnos a nuestras respectivas casas agotados y hambrientos. Atrás de los juegos había un pequeño callejón que intercomunicaba a la avenida México con la Belisario, y estaba el kínder al cual acudí de pequeño llevado de la mano por mi abuela o mi madre. En la esquina de la calle Malintzin y avenida México, detrás de la Protacio Tagle, estaba el edificio de departamentos al que se habían mudado amigos de la palomilla de la Lerdo de Tejada. Miguel y su hermana Aurora la güera, y los hermanos caperusos: Miguelón, Mario el Caperuso, Juanillo y su hermana mayor Lupe.
            Miguel y la güera habían nacido en España, desde donde sus padres emigraron cuando ellos eran muy pequeños, llegando a vivir en la casa de un hermano situada a dos de la mía en la calle de Melchor Ocampo frente a los viveros de Coyoacán.
            En lo particular yo creo en las casualidades, las cuales para mí son simplemente una serie de circunstancias imprevistas que convergen en determinado momento para originar un suceso, el cual ha sido predeterminado por Dios o, si se quiere, por el destino o la diosa fortuna. En todo caso eso fue lo que aconteció esa mañana. Muchas veces había estado fisgoneando en ese edificio de departamentos, tratando saber algo de mis amigos que se habían mudado ahí y de quienes hacía algunos años no sabía nada. Desde la última ocasión en que me encontré con don David, el padre de Miguel y Aurora la güera, no había vuelto a toparme con alguno de ellos. En el momento en que me encontraba mirando al interior por la ventana del departamento que daba a la calle donde vivía don David, una anciana mujer me interpeló con cierta desconfianza: « ¿Diga?». Apenado como un niño sorprendido haciendo alguna travesura, le expliqué: «Nada, solo busco a la persona que vivía aquí hace tiempo». « ¿Y quién es usted?». Me volvió a preguntar: «Mi nombre es Sebastián Alatriste Juárez. Solía conocer al señor que vivía aquí». Por toda respuesta la señora me sorprendió abrazándome efusivamente mientras me decía: «Sebastián, yo tampoco te reconocí, soy Aurora».
            Mirándola por segunda vez no cabía duda que era la güera, sus ojos azules moviéndose traviesos, la piel de tono claro un tanto arrugada, el cabello todavía rubio con mechones de canas y su delgada figura me hicieron recordar a la niña con quien exploré por primera vez los escarceos sexuales e infantiles de mi longeva vida. Desechando esos pensamientos de otra época más placentera, entré detrás de ella al departamento que se encontraba desordenado, viéndose por todas partes cajas amontonadas y muebles evidentemente sin usar desde hacía mucho tiempo.
            Nos llevamos buen rato poniéndonos al corriente de nuestras mutuas vidas, y una vez relatado que mi esposa había fallecido varios años atrás, que mis tres hijos hacían su propia vida y me encontraba completamente solo sin nada por hacer, excepto vivir de mis recuerdos, ella me informó que ahora vivía en Villa Coapa con su esposo y su hija más joven, estudiante de derecho en la unam; mientras su hijo mayor había abandonado el hogar y ahora vivía con su propia familia. También me aclaró que después de la muerte de su padre don David, lo cual me entristeció sinceramente, decidieron conservar el departamento por si algún día llegaban a necesitarlo, utilizándolo como bodega y tilichero mientras tanto. En cuanto a su hermano Miguel, me confirmó que seguía viviendo en los Estados Unidos. En ese país era sheriff del pequeño poblado de Wildomar en el condado de Riverside, California. Lugar en el cual había echado raíces con su familia y allí esperaba ser enterrado cuando muriera, si bien con cierta frecuencia venía a México para visitarla a ella y recordar los lugares que continuaba extrañando, reviviendo lo transcurrido durante su feliz infancia.
            El tiempo transcurrió casi sin sentirlo, en tanto nos sumergíamos en recuerdos llenos de nostalgia que estrujaban nuestras almas con sentimientos dulce-amargos, haciéndonos reír o humedecer los ojos hasta insinuar alguna lágrima. Ahí recordamos a mi abuelita y a mi madre, a su madre doña Aurora que me hizo gustar de los caracoles de jardín a la Escargot. De la vez que me caí en el estanque de su casa y me vi en la necesidad de aprender a flotar para no ahogarme, o la ocasión cuando accidentalmente le atiné con una piedra al ojo de su hermano Miguel, rompiéndole sus lentes e incrustando varios vidrios diminutos en su ojo derecho. El incidente obligó a doña Aurora llevarlo con un oftalmólogo para que le removiera los vidrios, y regresar después a reclamarle a mi abuela lo que yo le había hecho a su hijo poniendo en riesgo la integridad del ojo de Miguel. Del cual, según ella, le habían removido cien pedazos de vidrio; respondiéndole mi Lía, así llamaba yo a mi abuelita: «Ni que tuviera ojo de buey», respuesta que durante mucho tiempo después nos hacía reír a la familia, y a mí todavía me dibuja una sonrisa en la cara.
            Finalmente, al abrazarnos con tristeza por tener que despedirnos y retornar cada quien a su vida, mientras inconscientemente pensábamos que tal vez nunca más nos volveríamos a ver a pesar de habernos hecho la firme promesa, casi nunca cumplida por los mexicanos, de que otro día nos llamaríamos para vernos una vez más, fue entonces cuando Aurora me preguntó de improviso: « ¿Qué haces los martes y jueves por la mañana?». A lo cual respondí: «Nada». A continuación ella me propuso entusiasmada si me interesaría asistir a un albergue para niños de la calle, para ayudarlos a salir de su miseria y proporcionarles una oportunidad de mejor vida, sin meditarlo le dije: «Claro, ¿por qué no?, al fin no tengo nada mejor que hacer». Dándome una tarjeta y citándome para el siguiente jueves me dio un beso en la mejilla, y subiéndose a su auto se alejó rápidamente por la avenida México.
            Confundido, miré la tarjeta con el nombre de Aurora, la dirección y el teléfono del albergue, y por primera vez leí el nombre de la institución benéfica: Hogar de los niños Guadalupanos, sin más me encogí de hombros y continué mi camino con un mejor estado de ánimo.

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